David Copperfield
David Copperfield Después de reflexionar más a fondo sobre el asunto, aquella idea me pareció tan probable que abandoné mi plan, mucho más prometedor en la teorÃa que en la práctica. Decidà contentarme en lo sucesivo con mi mujer-niña, y no emplear ningún otro procedimiento para intentar transformarla en lo que no era. Estaba verdaderamente agotado de mi sagacidad y de mi prudencia, asà como de ver a mi adorable mujercita tan cohibida; de modo que compré unos bonitos pendientes para ella y un collar para Jip, y un dÃa regresé a casa decidido a ser agradable.
Dora se mostró encantada con los regalos, y me besó alegremente; pero quedaba una sombra entre nosotros, aunque muy pequeña, y yo me habÃa propuesto hacerla desaparecer. Si en el futuro tenÃa que estar en algún lugar, la guardarÃa dentro de mi pecho.
Me senté en el sofá al lado de mi mujer y le puse los pendientes; luego le dije que, en los últimos tiempos, habÃamos estado menos unidos de lo habitual y que toda la culpa era mÃa. Algo que creÃa sinceramente, y que sin duda era cierto.
–Dora, querida –exclamé–, la verdad es que he intentado ser razonable.
–Y que yo también lo fuera –añadió ella, tÃmidamente–, ¿no es cierto, Doady?