David Copperfield

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Respondí con un gesto de asentimiento a la pregunta de sus hermosas cejas arqueadas, y besé sus labios entreabiertos.

–No sirve para nada –dijo, moviendo la cabeza hasta que los pendientes tintinearon–. Ya sabes lo infantil que soy, y cómo quería que me llamaras desde el principio. Si no puedes hacerlo, temo que no llegarás a quererme jamás. ¿Estás seguro de que a veces no piensas que habría sido mejor…?

–¿Qué, tesoro? –inquirí, pues había dejado la frase a medias.

–¡Nada! –respondió ella.

–¿Nada? –repetí.

Dora me abrazó, se echó a reír y dijo que tenía la cabeza llena de pájaros, una de sus frases favoritas; después ocultó su cara en mi hombro en medio de una profusión tal de rizos que no me resultó fácil apartarlos para verle nuevamente el rostro.

–¿Que si no pienso que habría sido mejor no haber hecho nada en vez de intentar moldear el espíritu de mi mujercita? –exclamé, riéndome de mí mismo–. ¿Era ésa tu pregunta? Sí, claro que lo pienso.

–¿Era eso lo que tratabas de hacer? –dijo, Dora–. ¡Oh! ¡Eres horrible!

–Pero no volveré a intentarlo –afirmé–. Pues la quiero con toda el alma tal como es.


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