David Copperfield
David Copperfield –¿Seguro que no es un cuento? –quiso saber Dora, apretándose más contra mÃ.
–¿Por qué pretender cambiar lo que durante tanto tiempo ha sido tan precioso para m� Nada te sienta mejor que ser tú misma, mi dulce Dora; nos dejaremos de estúpidos experimentos, recuperaremos nuestras viejas costumbres y seremos felices.
–¡Y seremos felices! –repitió–. ¡SÃ! ¡Todo el dÃa! Y no te importará que a veces haya un poco de desorden, ¿verdad?
–No, no –contesté–. Trataremos de hacerlo lo mejor posible.
–Y no me dirás nunca más que empujamos a los demás a obrar mal –exclamó en tono mimoso–; ¡es tan espantoso!
–No, no –repliqué.
–Es mejor que sea estúpida que desagradable, ¿no crees? –dijo Dora.
–Es mejor que seas sencillamente Dora que cualquier otra persona en el mundo.
–¿En el mundo? ¡Oh, Doady, el mundo es muy grande!
Movió la cabeza, volvió sus radiantes ojos hacia mÃ, me besó, estalló en alegres carcajadas y corrió a ponerle a Jip su nuevo collar.