David Copperfield
David Copperfield –¿De veras? –exclamó Traddles–. ¡No puede ser! ¡Yo he recibido otra de la señora Micawber!
Con estas palabras, Traddles, que estaba todo sofocado por la caminata y cuyos cabellos, debido a la acción combinada del ejercicio y de la excitación, se habÃan erizado como si acabara de ver un alegre fantasma, sacó su carta y me la dio a cambió de la mÃa. Observé cómo se adentraba en el corazón de la misiva del señor Micawber, y enarqué mis cejas siguiendo su ejemplo mientras él repetÃa: «¡Desencadenar el trueno o dirigir el rayo devorador y vengador! ¡Dios mÃo, Copperfield!». Después inicié la lectura de la epÃstola de la señora Micawber.
DecÃa lo siguiente:
Mis más respetuosos saludos al señor Thomas Traddles, y, si guarda algún recuerdo de quien tuvo la dicha de ser buena amiga suya, ¿le importarÃa concederme unos minutos de su tiempo libre? Puedo asegurar al señor T.T. que no abusarÃa de su bondad si no estuviera a punto de volverme loca.