David Copperfield
David Copperfield No me siento con derecho a solicitar a mi antiguo amigo el señor Copperfield, ni a mi antiguo amigo el señor Thomas Traddles, del Colegio de Abogados, si ese caballero vive todavía y está localizable, que se dignen venir a verme y renovar (en la medida de lo posible) nuestras relaciones de los viejos tiempos. Me limito a señalar que, a la hora y en el lugar indicados, podrán verse los últimos vestigios todavía en pie de una torre en ruinas,
WILKINS MICAWBER
P.D. Tal vez sea prudente añadir a todo lo anterior que la señora Micawber no está al corriente de mis intenciones.
Releí la carta varias veces. A pesar de que recordaba el estilo ampuloso del señor Micawber, y el inconmensurable placer con que se sentaba a escribir largas epístolas aprovechando cualquier oportunidad, viniera o no a cuento, tuve la impresión de que algo importante se escondía tras aquel mensaje lleno de circunloquios. Dejé la carta para reflexionar un poco, la cogí de nuevo para releerla, y volví a dejarla para seguir pensando; después de varias lecturas y meditaciones, Traddles me encontró en el punto culminante de mi perplejidad.
–Mi querido amigo –le dije–, jamás me había alegrado tanto de verte. Llegas en el mejor momento para ayudarme con tu buen juicio. He recibido una carta muy extraña del señor Micawber.