David Copperfield
David Copperfield –Le agradezco sus palabras –contestó el señor Micawber, mientras su rostro se ensombrecÃa–, se encuentra asà asÃ… ¡Pero he aquà King’s Bench! El rincón donde, por primera vez en muchos agitados años, ninguna de aquellas voces molestas que se negaban a abandonar el descansillo de mi casa me recordaban dÃa tras dÃa el peso abrumador de mis dificultades pecuniarias; donde no habÃa aldabas en la puerta que pudiesen tocar los acreedores; donde sobraba el asesoramiento legal y las órdenes de detención se quedaban en la entrada. Caballeros –prosiguió–, cuando la sombra de los ornamentos de hierro que coronan la cima de la estructura de ladrillo se proyectaba sobre la grava del Paseo, yo veÃa a mis hijos recorrer los laberintos del intrincado dibujo, evitando pisar las lÃneas oscuras. Llegué a estar familiarizado con todas las piedras del camino. Si me traiciona la emoción, espero que sepan disculparme.
–Todos hemos prosperado en la vida desde entonces, señor Micawber –afirmé.
–Señor Copperfield –me contestó con amargura–, cuando yo habitaba en este lugar de retiro, podÃa mirar de frente a mis semejantes y darles un puñetazo si me ofendÃan. ¡Pero mis relaciones con los demás han dejado de ser tan gloriosas!
Alejándose de la prisión con aire abatido, el señor Micawber aceptó mi brazo por un lado, y el de Traddles por otro, y siguió andando entre los dos.