David Copperfield
David Copperfield –Existen ciertos jalones en el camino que lleva a la tumba –señaló, mirando con cariño hacia atrás por encima del hombro– que, de no ser una aspiración impÃa, nadie desearÃa haber pasado. King’s Bench es uno de esos hitos en mi accidentada carrera.
–Está usted muy abatido, señor Micawber –dijo Traddles.
–Es cierto, señor –exclamó él.
–Espero que no haya cogido usted aversión al derecho… ¡ya sabe que yo también soy del gremio!
El señor Micawber no respondió nada.
–¿Cómo está nuestro amigo el señor Heep, señor Micawber? –inquirÃ, tras unos momentos de silencio.
–Mi querido Copperfield –replicó, cayendo en un estado de enorme agitación y palideciendo–, si considera su amigo al hombre que me emplea, lo lamento mucho; si lo considera mi amigo, no puedo sino sonreÃr con sarcasmo. En cualquier caso, y sin ánimo de ofenderle, me limitaré a contestar lo siguiente: sea cual sea su estado de salud, siempre tiene el aspecto de un zorro, por no decir de un demonio. Me permitirá que, como individuo, decline seguir hablando de un asunto que me ha llevado al borde de la desesperación en el ejercicio de mi profesión.
Expresé mi pesar por haber abordado involuntariamente un tema que le contrariaba tanto.