David Copperfield
David Copperfield –¿Puedo preguntarle –dije–, sin caer en el mismo error, qué tal se encuentran mis viejos amigos el señor y la señorita Wickfield?
–La señorita Wickfield –contestó, enrojeciendo– es, como siempre, un modelo a seguir, un ejemplo luminoso. Mi querido Copperfield, es la única estrella en mi sombrÃa existencia. Mi respeto por esa joven dama, la admiración que me inspira su carácter… ¡Hay en ella tanto amor, pureza y bondad! Pero ¡llévenme a alguna bocacalle, pues no soy dueño de mÃ!
Nos metimos en una callejuela, donde sacó el pañuelo y se apoyó en un muro. Si la expresión con que yo le miraba era tan seria como la de Traddles, no creo que nuestra compañÃa le resultase nada alentadora.
–Es mi destino –exclamó el señor Micawber, llorando a lágrima viva (e incluso sollozando conservaba una sombra de su antigua distinción)–; es mi destino, caballeros, que los sentimientos más nobles de nuestra naturaleza se hayan convertido en reproches para mÃ. El homenaje que yo rindo a la señorita Wickfield es como un haz de flechas clavadas en mi pecho. SerÃa mejor que me dejaran recorrer la tierra como un vagabundo. Los gusanos solucionarÃan mis asuntos en la mitad de tiempo.