David Copperfield
David Copperfield Haciendo caso omiso de esa súplica, nos quedamos a su lado hasta que guardó el pañuelo, se alzó el cuello de la camisa y, para disimular ante cualquier persona de la vecindad que hubiera podido observarlo, empezó a tararear una melodÃa con el sombrero muy ladeado. Entonces le dije (no sabiendo qué podrÃa perderse, si nosotros le perdÃamos de vista) que me gustarÃa mucho presentarle a mi tÃa, si querÃa acompañarnos hasta Highgate, donde tenÃa una cama a su disposición.
–Nos preparará un vaso de su ponche, señor Micawber –exclamé–, y los recuerdos más agradables del pasado le ayudarán a olvidar sus preocupaciones.
–También podrá confiar a sus amigos lo que tanto le atormenta, si eso supone un alivio para usted –señaló Traddles, prudentemente.
–Caballeros –replicó el señor Micawber–, ¡hagan conmigo lo que deseen! No soy más que una brizna de paja sobre la superficie del océano, empujada en todas direcciones por los elefantes… perdonen, querÃa decir los elementos.