David Copperfield
David Copperfield Reanudamos nuestra marcha cogidos del brazo, subimos a la diligencia cuando estaba a punto de partir, y llegamos a Highgate sin más contratiempos. Yo estaba muy confuso y no sabía qué convenía decir o hacer; era evidente que a Traddles le ocurría lo mismo. Durante casi todo el trayecto, el señor Micawber siguió sumido en un profundo abatimiento. De vez en cuando, trataba de sobreponerse y tarareaba el final de una melodía; pero la mordaz ironía de un sombrero demasiado ladeado y de un cuello de camisa subido hasta los ojos volvía más patética su tristeza en cada nueva recaída.
Nos dirigimos a casa de mi tía, en lugar de a la mía, porque Dora no se encontraba bien. Mi tía apareció en seguida y recibió al señor Micawber con gran cordialidad. Él le besó la mano, se retiró junto a la ventana y, sacando el pañuelo del bolsillo, pareció librar una lucha interior.
El señor Dick estaba en casa. Sentía tanta compasión por las personas que sufrían, y las descubría con tal rapidez, que estrechó la mano del señor Micawber al menos media docena de veces en sólo cinco minutos. Aquellas muestras de simpatía de un desconocido conmovieron tanto al señor Micawber, en medio de su dolor, que lo único que podía decir con cada nuevo apretón de manos era: «¡Me abruma usted, mi querido señor!». Eso complacía tanto al señor Dick que volvía a la carga con más entusiasmo que antes.