David Copperfield
David Copperfield –Si me permite, señora –dijo el señor Micawber–, emplear una metáfora extraÃda del vocabulario de uno de nuestros más rudos deportes nacionales, la amabilidad de este caballero me deja noqueado. Le aseguro que, para un hombre que lucha contra el difÃcil peso de la perplejidad y de la inquietud, un recibimiento asà es conmovedor.
–Mi amigo el señor Dick –respondió mi tÃa, con orgullo– no es un hombre cualquiera.
–Estoy convencido –afirmó el señor Micawber–. ¡Mi querido señor! –exclamó, al ver que el señor Dick volvÃa a estrecharle la mano–. ¡No sabe cuánto agradezco su cordialidad!
–¿Cómo se encuentra? –le preguntó el señor Dick, con aire angustiado.
–Regular, mi querido señor –contestó el señor Micawber, suspirando.
–Tiene que animarse –dijo el señor Dick–, y estar lo más a gusto posible.
Aquellas amistosas palabras y el nuevo apretón de manos que las acompañaba fueron demasiado para el señor Micawber.
–He tenido la suerte de encontrar algún que otro oasis en medio de las vicisitudes de la existencia –declaró–, pero ¡jamás ninguno tan verde y tan exuberante como éste!