David Copperfield

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En otro momento, aquello me habría hecho sonreír; pero tenía la sensación de que todos estábamos incómodos y preocupados, y me causaba tanta desazón ver cómo el señor Micawber se debatía entre su deseo manifiesto de revelar algo y su propósito de no revelar nada, que mi estado era febril. Traddles, sentado en el borde de la silla, con los ojos abiertos de par en par y el pelo más erizado que nunca, miraba alternativamente al suelo y al señor Micawber, sin intentar siquiera pronunciar una palabra. Mi tía, que observaba con perspicacia a su nuevo huésped, era la única que conservaba su presencia de ánimo; pues seguía dándole conversación, lo que le obligaba a hablar, aunque no quisiera.

–Es usted un viejo amigo de mi sobrino, señor Micawber –exclamó mi tía–. Lamento no haber tenido el placer de conocerlo antes.

–Señora –contestó–, lamento no haber tenido el honor de conocerla en otros tiempos. No siempre he sido la ruina que ahora contempla.

–Espero que la señora Micawber y su familia estén bien, señor –dijo mi tía.

El señor Micawber inclinó la cabeza.

–Todo lo bien que pueden estar los Desheredados y los Proscritos –respondió con desesperación, tras unos instantes de silencio.

–¡Dios mío! Pero ¿de qué habla usted, caballero? –exclamó mi tía, con su brusquedad habitual.


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