David Copperfield
David Copperfield –De la subsistencia de mi familia, señora –repuso el señor Micawber–, que se tambalea en la balanza. El hombre que me emplea…
Para nuestra irritación, el señor Micawber se detuvo y empezó a pelar los limones que le habÃan colocado delante, siguiendo mis indicaciones, con todos los ingredientes necesarios para preparar su ponche.
–El hombre que le emplea, decÃa usted… –le recordó el señor Dick, dándole suavemente con el codo.
–Mi querido señor, le agradezco que refresque mi memoria –contestó el señor Micawber, mientras los dos se estrechaban nuevamente la mano–. El hombre que me emplea, señora, … el señor Heep…, tuvo la bondad de decirme un dÃa que, sin los emolumentos estipendiarios que recibÃa por estar a su servicio, probablemente serÃa un saltimbanqui que recorrerÃa el paÃs tragando sables y devorando fuego. Todo parece indicar que es muy posible que mis hijos se vean obligados a buscarse el sustento haciendo de contorsionistas, mientras la señora Micawber secunda sus hazañas contranatura tocando el organillo.
El señor Micawber, con un movimiento distraÃdo pero sin duda elocuente de su cuchillo, nos dio a entender que esas actuaciones tendrÃan lugar cuando él no se encontrara ya en este mundo; luego siguió pelando los limones con aire de desesperación.