David Copperfield
David Copperfield Mi tía apoyó el codo en la mesita redonda que normalmente tenía junto a ella, y le miró atentamente. A pesar de la aversión que me inspiraba la idea de arrancarle una confesión que no quería hacer de forma voluntaria, creo que habría intervenido en ese momento si no le hubiera visto enfrascado en los preparativos más extraños; echar la cáscara de limón en la cacerola, el azúcar en la bandeja de las despabiladeras y el licor en la jarra vacía, e intentar verter agua hirviendo de un candelero, fueron algunos de los más singulares. Comprendí que la crisis era inminente, y ésta sobrevino. Dejando con estrépito utensilios e ingredientes, se levantó de la silla, sacó el pañuelo y rompió a llorar.
–Mi querido Copperfield –exclamó el señor Micawber, desde detrás de su pañuelo–, esta tarea requiere, más que cualquier otra, un espíritu sereno y amor propio. No puedo realizarla. Es de todo punto imposible.
–¿Qué ocurre, señor Micawber? –inquirí–. Le suplico que nos lo cuente. Está usted entre amigos.