David Copperfield
David Copperfield –¡Entre amigos, señor! –repitió él, y todo lo que habÃa querido ocultarnos empezó a salir a borbotones–. ¡Santo Cielo! ¡Si es precisamente por verme rodeado de amigos por lo que me encuentro en este estado! ¿Que qué ocurre, caballeros? SerÃa mejor preguntarme qué es lo que no ocurre. Ocurre que hay maldad, bajeza moral, engaño, fraude, conspiración; y el responsable de todas esas atrocidades es… ¡HEEP!
Mi tÃa juntó las manos y los demás nos levantamos de un salto, como si estuviéramos poseÃdos.
–¡La lucha ha terminado! –exclamó el señor Micawber, gesticulando violentamente con el pañuelo, y dando enérgicas brazadas de vez en cuando, como si estuviera nadando con un esfuerzo sobrehumano–. No llevaré por más tiempo esta clase de vida. Soy un ser despreciable, alejado de cuanto hace la existencia llevadera. He vivido bajo un Tabú mientras he estado al servicio de ese maldito canalla. ¡Que me devuelvan a mi mujer! ¡Que me devuelvan a mis hijos! ¡Que Micawber reemplace al pequeño rufián que ahora se pasea con las botas que llevo puestas! Y si tengo que tragarme un sable mañana, ¡lo haré con apetito!
Jamás he visto un hombre tan acalorado en toda mi vida. Traté de calmarlo, a fin de devolver la cordura a sus palabras; pero parecÃa cada vez más excitado, y se negaba a escucharnos.