David Copperfield

David Copperfield

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Dora le había visto a menudo desde nuestra boda, y le tenía mucho cariño. Todavía puedo verlo, en pie junto al sofá, con la gorra de basto paño en la mano, mientras mi mujer-niña dirigía sus ojos azules hacia él con tímido asombro. Algunas tardes, cuando venía a hablar conmigo al oscurecer, yo le convencía para que fumara su pipa en el jardín mientras paseábamos lentamente; y entonces el recuerdo de su hogar vacío, tan acogedor para mis ojos infantiles cuando por las noches ardía el fuego en la chimenea, y el viento ululaba por todas partes, acudía con enorme viveza a mi pensamiento.

Un atardecer me dijo que la noche anterior había encontrado a Martha esperándole a la salida de su alojamiento, y que le había pedido que no se marchara de Londres, bajo ningún pretexto, antes de volver a verla.

–¿Le explicó por qué motivo? –inquirí.

–Se lo pregunté, señorito Davy –repuso–, pero ya sabe lo poco habladora que es; en cuanto le prometí lo que quería, se despidió.

–¿Le dijo cuándo podía esperar verla de nuevo?

–No, señorito Davy –contestó, pasándose la mano por la cara, pensativo–. También se lo pregunté; pero ni ella misma lo sabía (ésas fueron sus palabras).


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