David Copperfield
David Copperfield Como yo llevaba mucho tiempo tratando de no avivar en él esperanzas que sólo pendÃan de un hilo, me limité a decir que seguramente la verÃa muy pronto. Guardé para mà mis pensamientos al respecto, que no eran demasiado optimistas.
HabrÃan transcurrido dos semanas y yo estaba paseando solo por el jardÃn. Recuerdo bien aquella tarde. Sólo habÃan pasado dos dÃas desde que el señor Micawber nos dejara en la más absoluta incertidumbre. HabÃa llovido todo el dÃa y el aire estaba cargado de humedad. El espeso follaje, empapado de agua, parecÃa pesar en los árboles; pero, aunque el cielo continuaba sombrÃo, la lluvia habÃa cesado y los pájaros, ilusionados, cantaban alegremente. Mientras andaba de un lado a otro del jardÃn, empezó a oscurecer y terminaron sus pequeños gorjeos; y reinó ese silencio tan especial que acompaña las noches campestres cuando los árboles se quedan inmóviles y sólo se oye el goteo ocasional de sus ramas.
A un lado de la casa, habÃa un pequeño enrejado cubierto de hiedra, a través del que podÃa ver la calle desde el lugar donde me encontraba. Sumido en mis pensamientos, miré casualmente en esa dirección, y divisé una figura envuelta en una sencilla capa, que se inclinaba nerviosamente hacia mà y parecÃa hacerme señas.
–¡Martha! –exclamé, acercándome a ella.