David Copperfield
David Copperfield Sumamente inquieto, y deslumbrado por los rayos contradictorios de la esperanza y del temor, la miré en busca de una explicación. Pero, comprendiendo su fuerte deseo de seguir callada, y no sintiendo tampoco el menor deseo de hablar, en un momento así, no hice nada por romper el silencio. Continuamos nuestro camino sin pronunciar una sola palabra. A veces ella miraba por la ventanilla, como si nuestra marcha le resultase muy lenta, aunque lo cierto es que íbamos a gran velocidad; aparte de eso, seguía exactamente en la misma postura que antes.
Nos apeamos en una de las entradas de la plaza que la joven había indicado y le pedí al cochero que esperara, por si teníamos necesidad de él. Martha apoyó su mano en mi brazo y me condujo rápidamente a una de esas calles oscuras, tan numerosas en la zona, donde las casas, antaño elegantes residencias familiares, llevaban ya mucho tiempo convertidas en humildes viviendas que se alquilaban por habitaciones. Después de entrar por la puerta abierta de una de ellas, me soltó el brazo, indicándome que la siguiera por la escalera común, que parecía el cauce de un afluente que saliera a la calle.