David Copperfield
David Copperfield La casa tenía un enjambre de inquilinos. A medida que subíamos, las puertas de las habitaciones se abrían y aparecían los rostros de sus moradores; y nos cruzábamos con otras personas que bajaban. Al mirar hacia arriba, antes de entrar, había visto cómo las mujeres y los niños se asomaban a las ventanas por encima de las macetas de flores; parecíamos haber excitado su curiosidad, pues eran sobre todo ellos los que nos miraban desde sus puertas. La escalera, ancha y con paneles, tenía una enorme balaustrada de madera oscura; se veían hermosas molduras, con frutas y flores talladas, sobre las puertas; y había amplios asientos junto a las ventanas. Pero todas aquellas muestras del pasado esplendor se hallaban terriblemente sucias y deterioradas; la podredumbre, la humedad y los años habían atacado el entablado del suelo, que en muchos lugares era poco sólido e incluso peligroso. Me di cuenta de que habían intentado inyectar un poco de sangre nueva en aquel viejo armazón, reparando aquí y allá los costosos revestimientos con vulgar madera de pino; pero era como el matrimonio de un anciano noble venido a menos con una pobre plebeya, en el que cada uno de los cónyuges de tan desigual unión parece querer apartarse del otro. Algunas ventanas de la escalera, que daban a la parte de atrás, habían sido tapiadas, total o parcialmente. Las que quedaban, apenas tenían cristales; y, a través de los marcos podridos, por los que el aire viciado parecía entrar en la casa para no volver a salir, pude ver, a través de más ventanas sin cristales, el interior de otras casas que se hallaban en el mismo estado, y contemplar con sensación de mareo el pobre patio donde iban a parar todas las basuras de la mansión.