David Copperfield
David Copperfield Expliqué a mi guÃa, brevemente, que se trataba de alguien que yo conocÃa; y, nada más decir esto, oÃmos su voz dentro del cuarto, aunque estábamos demasiado lejos para distinguir sus palabras. Martha repitió su gesto anterior, con expresión de asombro, y me condujo escaleras arriba sin hacer ruido; después entró por una pequeña puerta que no parecÃa tener cerradura y que abrió con un ligero empujón, y llegamos a una buhardilla diminuta, vacÃa y de techo inclinado, apenas mayor que un armario. Esta habitación y la que Martha habÃa llamado suya se comunicaban por una pequeña puerta, que estaba entreabierta. Nos detuvimos junto a ella, casi sin aliento después de la subida, y Martha puso cuidadosamente su mano sobre mis labios. Lo único que veÃa del otro cuarto era que parecÃa bastante grande, y que tenÃa una cama y algunos toscos grabados de barcos en las paredes. Pero no veÃa a la señorita Dartle ni a la persona a quien ésta se dirigÃa. Tampoco podÃa hacerlo mi acompañante, pues su posición era peor que la mÃa.
Durante unos instantes, reinó un silencio sepulcral. Martha continuó con una mano sobre mis labios y levantó la otra, en actitud de escucha.
–Poco importa si está o no en casa –decÃa Rosa Dartle, con arrogancia–. No la conozco. A quien he venido a ver es a usted.
–¿A m� –repuso una voz muy dulce.