David Copperfield
David Copperfield –¡No se mueva! –exclamó–. O todos los habitantes de la casa y de la calle se enterarán de quién es. Si intenta huir de mÃ, la detendré, ¡aunque tenga que agarrarle del pelo o tirarle piedras!
Un murmullo de espanto fue la única respuesta que llegó a mis oÃdos. Siguió otro silencio. Yo no sabÃa qué hacer. Por grande que fuera mi deseo de poner fin a aquella entrevista, sentÃa que no tenÃa derecho a intervenir; y que el señor Peggotty era el único que debÃa ver a la joven y llevársela con él. ¿Es que no iba a llegar nunca?, pensaba con impaciencia.
–¡Asà que por fin la conozco! –prosiguió Rosa Dartle, con una carcajada de desprecio–. ¡Cómo pudo ser tan ingenuo para dejarse conquistar por esa delicada falsa modestia y esa inclinación de cabeza!
–¡Por el amor de Dios! ¡Tenga compasión de mÃ! –exclamó Emily–. Sea quien sea, usted conoce mi triste historia. ¡Por el amor de Dios! ¡Apiádese de mÃ, si quiere que algún dÃa se apiaden de usted!
–¿Si quiero que algún dÃa se apiaden de mÃ? –repitió furiosa–. ¿Acaso cree que usted y yo tenemos algo en común?
–Únicamente nuestro sexo –contestó Emily, deshecha en lágrimas.