David Copperfield
David Copperfield –Y esa afirmación –dijo Rosa Dartle–, lanzada por una criatura tan infame, es tan poderosa que, si anidara en mi pecho algún sentimiento que no fuera el desprecio y el aborrecimiento, sus palabras lo congelarÃan. ¡Nuestro sexo! ¡Es usted un honor para nuestro sexo!
–Merezco que me traten asà –sollozó Emily–, pero ¡es terrible! Mi querida señora, ¡piense en lo grande que ha sido mi sufrimiento y en lo bajo que he caÃdo! ¡Oh, Martha! ¡Regresa ya! ¡Mi hogar! ¡Oh, mi hogar!
La señorita Dartle se sentó en una silla frente a la puerta y dirigió su mirada hacia abajo, como si Emily se hubiera agachado delante de ella. Al encontrarse entre la luz y yo, pude ver el gesto despreciativo de sus labios y su mirada cruel, clavada en un solo punto con triunfante avidez.
–Escuche lo que voy a decirle –exclamó–; y reserve esas artimañas para sus vÃctimas. ¿No esperará conmoverme con sus lágrimas? Tampoco podrÃa conquistarme con sus sonrisas, esclava comprada con dinero.
–¡Apiádese de mÃ! –gimió Emily–. ¡Un poco de compasión o me volveré loca!
–¡No serÃa una gran penitencia por sus crÃmenes! ¿Acaso es consciente de lo que ha hecho? ¿Ha pensado alguna vez en el hogar que ha destrozado?