David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! No he dejado de pensar en él ni una sola noche, ni un solo dÃa –respondió la joven.
Y entonces pude ver a Emily arrodillada, con la cabeza hacia atrás, el pálido rostro levantado al cielo, las manos juntas en actitud implorante, y la cabellera suelta.
–No ha pasado un solo minuto –prosiguió–, dormida o despierta, sin que lo haya visto ante mÃ, tal como era aquellos dÃas que no volverán nunca, y en que lo abandoné para siempre. ¡Oh, mi hogar! ¡Oh, mi querido tÃo! ¡Si él hubiera podido imaginar cuánto me torturarÃa su amor el dÃa que me aparté del buen camino, no habrÃa sido siempre tan cariñoso conmigo! ¡Si al menos se hubiera enfadado con su Emily una sola vez, eso me habrÃa servido de consuelo! Mas no hay el menor consuelo para mà en este mundo, ¡todos fueron demasiado bondadosos conmigo!
Emily se postró ante la imperiosa criatura sentada en la silla, y, con gesto suplicante, agarró la falda de su vestido.