David Copperfield
David Copperfield Rosa Dartle siguió mirándola desde arriba, tan estática como una estatua de bronce. TenÃa los labios fuertemente apretados, como si supiera que no debÃa perder los estribos (me limito a escribir lo que sinceramente creo), pues de otro modo sucumbirÃa a la tentación de dar una patada a la hermosa figura. Vi su semblante con claridad, y toda la energÃa de su rostro y de su carácter parecÃa concentrada en aquel gesto. ¿Es que el señor Peggotty no iba a llegar nunca?
–¡Cuán despreciable es la vanidad de estos gusanos de la tierra! –exclamó, cuando logró controlar los furiosos latidos de su corazón lo suficiente para atreverse a hablar–. ¡Su hogar! ¿Acaso imagina que yo le he dedicado un solo pensamiento? ¿Cree haber causado en ese humilde lugar algún daño que no pueda repararse, generosamente, con dinero? ¡Su hogar! Usted no era más que una mercancÃa para su familia, y fue vendida y comprada como cualquier otro objeto con que ésta negociaba.
–¡Oh, no! ¡Eso no! –protestó Emily–. Diga lo que quiera de mÃ, pero ¡no haga caer mi deshonra y mi vergüenza, más de lo que he hecho yo, sobre unas personas que son tan intachables como usted! Puesto que es una dama, muestre algún respeto por ellos, aunque no tenga compasión de mÃ.