David Copperfield
David Copperfield El desprecio supremo que mostraba por sus piernas, mientras fumaba en su sillón, es una de las excentricidades más divertidas con que me he tropezado en la vida.
–Y desde que me he puesto a leer, usted se ha puesto a escribir, ¿no es cierto, señor? –exclamó el señor Omer, mirándome con admiración–. ¡Qué hermoso libro el suyo! ¡Qué frases! Lo leà de cabo a rabo… de cabo a rabo. ¡Y sin que me entrase nada de sueño!
Expresé riendo mi satisfacción, pero he de confesar que esta asociación de ideas me pareció significativa.
–Le doy mi palabra de honor, señor –prosiguió–, de que, cuando pongo esa obra encima de la mesa y contemplo sus tres volúmenes,[109] separados e independientes… uno, dos, tres… me siento tan orgulloso como Polichinela de pensar que he tenido el honor de relacionarme con su familia. Hace mucho tiempo de eso, ¿verdad? Allà en Blunderstone… donde colocamos a un chiquitÃn al lado de su madre. Y era usted tan pequeño entonces… ¡Válgame Dios!