David Copperfield

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–Le aseguro que me entero de muchas más cosas desde este sillón –afirmó–. Le sorprendería ver la cantidad de gente que entra a charlar conmigo a lo largo del día. ¡Ya lo creo que le sorprendería! Y los periódicos parecen llevar el doble de noticias desde que me he aficionado a este sillón. En cuanto a la lectura en general, ¡válgame Dios, de cuántas cosas me entero! Por eso me siento tan pletórico, ¿sabe? Si hubieran sido mis ojos, ¿qué habría hecho? Si hubieran sido mis oídos, ¿qué habría hecho? Pero, tratándose de mis piernas, ¡qué más da! No me servían sino para hacerme jadear más. Y ahora, si quiero salir a la calle o bajar a la playa, no tengo más que llamar a Dick, el aprendiz más joven de Joram, y allá me voy en mi propio carruaje, ¡como si fuera el alcalde de Londres!

Al decir esto, estuvo a punto de ahogarse de risa.

–¡Que Dios le bendiga! –exclamó el señor Omer, cogiendo de nuevo su pipa–. A mal tiempo buena cara; es algo que todos los hombres han de comprender en esta vida. A Joram le va muy bien el negocio. ¡Es un negocio excelente!

–Me alegro de oírlo.

–Estaba seguro –dijo el señor Omer–. Y Joram y Minnie siguen tan enamorados como siempre. ¿Qué más puede pedir un hombre? ¿Qué valen sus piernas al lado de eso?


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