David Copperfield

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–Ésta es mi elefantita, señor –explicó el señor Omer, acariciando a la pequeña–. De raza siamesa. ¡Vamos, elefantita!

La elefantita dejó abierta la puerta de la sala, lo que me permitió ver que ésta se había convertido, recientemente, en el dormitorio del señor Omer, al que debía de ser muy difícil llevar arriba; y luego la niña apoyó su lindo rostro, oculto tras sus largos cabellos, contra el respaldo del sillón de su abuelo.

–Ya sabe, señor –dijo el anciano, guiñando un ojo–, que el elefante embiste contra cualquier cosa. ¡Elefantita! A la una, a las dos… ¡a las tres!

A esta señal, la elefantita, con una destreza asombrosa en un animal tan pequeño, dio la vuelta al sillón con el señor Omer en él y lo metió atropelladamente en la sala sin rozar el marco de la puerta; el señor Omer, mientras tanto, disfrutaba como un loco de su hazaña y se volvía hacia mí como si aquél fuera el premio de una vida de esfuerzo.

Después de dar un paseo por la ciudad, me dirigí a casa de Ham. Peggotty se había trasladado definitivamente a ella; y había alquilado su casa al sucesor del señor Barkis en el negocio de los transportes, el cual le había pagado un buen precio por la clientela, el carro y el caballo. Creo que se trataba del mismo cuadrúpedo perezoso que conducía el señor Barkis.


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