David Copperfield
David Copperfield Sacudió la ceniza de su pipa, y colocó ésta en un pequeño anaquel en la parte posterior del sillón, construido expresamente para ese fin.
–Y el primo de Emily, con el que se tenÃa que haber casado –dijo el señor Omer, frotándose suavemente las manos–, ¡uno de los mejores jóvenes de Yarmouth! A veces viene por las tardes a charlar conmigo, o a leerme algo durante una hora. ¡A eso le llamo yo ser bondadoso! Toda su vida es pura bondad.
–Ahora voy a verle.
–¿De veras? Pues dÃgale que me encuentro bien y que le envÃo mis respetos. Minnie y Joram han ido a un baile. Si hubieran estado en casa, se habrÃan sentido tan orgullosos como yo de verlo. Minnie no quiere salir casi nunca, «a causa de papá», como ella dice. De modo que esta noche le he jurado que, si no iba, me acostarÃa a las seis. El resultado es que ahora está bailando con Joram –exclamó, riéndose tanto del éxito de su estratagema que hasta su sillón pareció temblar.
Estreché su mano y le di las buenas noches.
–Un momento, señor –dijo el anciano–. Si se marchara sin ver a mi elefantita, se perderÃa lo mejor. ¡Jamás ha visto nada igual! ¡Minnie!
Una vocecita musical contestó desde algún lugar del piso superior: «¡En seguida voy, abuelo!» y una preciosa niña de largos cabellos rubios y rizados entró corriendo en la tienda.