David Copperfield
David Copperfield –Sólo durante unos instantes, cuando se habÃa desvanecido –respondà dulcemente.
Caminamos un poco más, y él añadió:
–Señorito Davy, ¿cree que volverá a verla?
–Quizá sea demasiado doloroso para ella –respondÃ.
–SÃ… eso habÃa pensado –exclamó–. Seguro que lo es, señor, seguro que lo es.
–Sin embargo, Ham –le dije con delicadeza–, si hay algo que pueda escribirle de tu parte, en caso de que me sea imposible hablar con ella; si hay algo que quieres que le comunique en tu nombre, lo considerarÃa un deber sagrado.
–No me cabe la menor duda. Se lo agradezco, señor; es usted muy amable. Creo que hay algo que me gustarÃa decirle o escribirle.
–¿Y qué es, Ham?
Continuamos andando en silencio, y en seguida dijo:
–No se trata de que sepa que la perdono. No, no es eso. Lo que deseo es pedirle que me perdone por haberle impuesto mi amor. A veces pienso que, si no le hubiera hecho prometerme que se casarÃa conmigo, señor, tal vez hubiese confiado en mà como un amigo; y me habrÃa contado la lucha que libraba en su interior, y me habrÃa pedido consejo y yo habrÃa podido salvarla.