David Copperfield
David Copperfield En el hotel donde el señor Micawber nos había pedido que le esperásemos y en el que conseguimos entrar, no sin dificultad, en mitad de la noche, encontré una carta en la que nos anunciaba su puntual llegada al día siguiente, a las nueve y media de la mañana. Después de leerla, nos fuimos temblando de frío –a esas horas tan intempestivas– a nuestras respectivas camas, atravesando varios pasillos mal ventilados, que, por su olor, parecían llevar siglos sumergidos en una mezcla de sopa y de caballerizas.
Salí por la mañana temprano a recorrer de nuevo mis viejas, queridas y tranquilas calles, a la sombra de sus venerables pórticos e iglesias. Los grajos volaban alrededor de las torres de la catedral; y éstas, dominando siempre la misma extensión de fértiles campos y alegres riachuelos, cortaban el aire luminoso de la mañana como si en este mundo nada pudiese cambiar. Pero las campanas empezaron a sonar, y me recordaron con tristeza que nada perduraba; me recordaron, asimismo, su antigüedad, y la juventud de mi hermosa Dora; y a todos aquellos que, sin haber conocido la vejez, habían vivido, amado y muerto, mientras el son de las campanas retumbaba en la armadura enmohecida del Príncipe Negro,[111] suspendida en el interior de la catedral; y, motas de polvo en el abismo del Tiempo, sus vibraciones se perdían en el aire como los círculos en el agua.