David Copperfield

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Contemplé la vieja casa desde la esquina de la calle, pero no me acerqué a ella por temor a que me vieran y, sin pretenderlo, estropear el plan en el que había ido a colaborar. El sol de la mañana caía de costado sobre sus gabletes y sus celosías, tiñéndolos de color dorado; y algunos rayos de su vieja paz parecieron alcanzar mi corazón.

Paseé por las afueras alrededor de una hora, y luego regresé a la calle principal que, en el intervalo, había ahuyentado el sueño nocturno. Entre las gentes que se afanaban en los comercios, reconocí a mi viejo enemigo, el carnicero, que había progresado en la vida, pues tenía botas altas, un bebé y negocio propio. Estaba cuidando de su pequeño y daba la impresión de ser un excelente miembro de la sociedad.

Todos nos sentamos a desayunar muy nerviosos e impacientes. Nuestro desasosiego fue aumentando a medida que se acercaban las nueve y media. Al final, dejamos de fingir interés por la comida, que desde el principio sólo había sido para nosotros, a excepción del señor Dick, pura formalidad. Mi tía empezó a pasear de un lado a otro de la habitación, Traddles se sentó en el sofá para leer el periódico con la vista en el techo, y yo me puse a mirar por la ventana para avisar a todos de la llegada del señor Micawber. No tuve que esperar mucho tiempo, pues, a la primera campanada de la media hora, apareció en la calle.


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