David Copperfield

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–Ahí viene –señalé–, ¡y no lleva su traje de hombre de leyes!

Mi tía se ató las cintas del sombrero (había bajado a desayunar con él puesto) y se envolvió en su chal, como si estuviera dispuesta a todo. Traddles se abotonó el abrigo con aire resuelto. El señor Dick, inquieto por tan extraordinarios preparativos, pero juzgando necesario imitarlos, se caló el sombrero hasta las orejas con ambas manos; aunque al instante se lo volvió a quitar para dar la bienvenida al señor Micawber.

–Caballeros, señora –exclamó éste al entrar–, ¡muy buenos días! Mi querido señor –dijo al señor Dick, que le estrechaba con frenesí la mano–, es usted sumamente bondadoso.

–¿Ha desayunado ya? –quiso saber el señor Dick–. ¡Coma una chuleta!

–No podría por nada del mundo, mi buen amigo –respondió el señor Micawber, impidiendo que tocara la campanilla–; el apetito y yo, señor Dixon, hace mucho tiempo que estamos reñidos.

El señor Dixon se mostró encantado con su nuevo nombre y, sintiéndose en deuda con el señor Micawber por habérselo puesto, volvió a estrechar su mano y rompió a reír de un modo bastante infantil.

–Dick –exclamó mi tía–, ¡cuidado!

El señor Dick logró dominarse, al tiempo que se sonrojaba.


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