David Copperfield
David Copperfield –Y ahora, caballero –dijo mi tÃa al señor Micawber, poniéndose los guantes–, estamos preparados para el Vesubio, o lo que sea; cuando usted quiera…
–Señora –contestó él–, creo que muy pronto serán testigos de una erupción. Señor Traddles, supongo que cuento con su autorización para mencionar aquà que usted y yo hemos estado en contacto, ¿no es as�
–Es totalmente cierto, Copperfield –señaló Traddles, al ver mi expresión de sorpresa–. El señor Micawber me ha consultado sobre sus intenciones, y le he aconsejado lo mejor que he podido.
–Si no me equivoco, señor Traddles –prosiguió el señor Micawber–, lo que voy a hacer es una revelación muy importante.
–ImportantÃsima –puntualizó Traddles.
–Tal vez en esas circunstancias, señora, caballeros –dijo el señor Micawber–, hagan ustedes el favor de someterse, por el momento, a las directrices de alguien que, aunque indigno de ser considerado otra cosa que un desecho arrojado a las orillas del género humano, continúa siendo su semejante; aunque no quede nada de su forma original, debido a sus errores individuales y a la fuerza acumulativa de una combinación de circunstancias.
–Confiamos plenamente en usted, señor Micawber –exclamé–, y haremos lo que desee.