David Copperfield

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El entusiasmo con que el señor Micawber se describía a sí mismo como una presa de tan terribles calamidades sólo era equiparable al énfasis con que leía su carta; y a la especie de homenaje que brindaba a ésta moviendo la cabeza siempre que encontraba una frase verdaderamente enrevesada.

–«En una acumulación de Ignominia, Necesidad, Desesperación y Locura, entré en el despacho… o, como dirían nuestros alegres vecinos los galos, en el Bureau… de la sociedad nominalmente conocida como Wickfield y… HEEP, pero manejada en realidad por… HEEP únicamente. HEEP, y sólo HEEP, es el resorte de esa máquina. HEEP, y sólo HEEP, es el Falsificador y el Estafador».

Uriah, cuya palidez adquirió un tono azulado al escuchar esas palabras, se abalanzó sobre la carta como para hacerla pedazos. El señor Micawber, en un perfecto milagro de habilidad o de suerte, golpeó con la regla los nudillos que avanzaban hacia él e inutilizó su mano derecha. Ésta se dobló por la muñeca, como si estuviera rota. El ruido fue tan seco como si hubiera pegado a un trozo de madera.

–¡Váyase al diablo! –exclamó Uriah, retorciéndose de dolor, lo que era algo nuevo–. ¡Ya me las pagará!


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