David Copperfield

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–«Los emolumentos estipendiarios que me empujaron a entrar al servicio de… HEEP –siempre se detenía antes de llegar a ese apellido, y lo pronunciaba con una energía asombrosa– no habían sido estipulados, si exceptuamos la miseria de veintidós chelines y seis peniques semanales. El resto dependía del valor de mis servicios profesionales; para decirlo de un modo más expresivo, de la ruindad de mi carácter, de la codicia de mis móviles, de la pobreza de mi familia, del parecido moral (o más bien inmoral) entre… HEEP y yo. ¿Será preciso decir que no tardé en verme obligado a solicitar de… HEEP anticipos pecuniarios para atender las necesidades de la señora Micawber y nuestra infortunada, pero cada vez más numerosa, familia? ¿Será preciso decir que esas necesidades habían sido previstas por… HEEP? ¿Que esos anticipos me fueron entregados a cambio de unos reconocimientos de deuda y otros documentos similares, autorizados por las instituciones jurídicas de este país? ¿Que así fue como caí en la red que él había tendido para capturarme?»

La satisfacción que procuraban al señor Micawber sus dotes epistolares, al describir aquella triste situación, parecía compensar con creces cualquier dolor o inquietud que la realidad le hubiera causado. Continuó leyendo:


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