David Copperfield

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–¿Le importaría preguntar a… HEEP si guardaba allí una libreta? –exclamó el señor Micawber.

Vi cómo la huesuda mano de Uriah dejaba, involuntariamente, de rascarse la barbilla.

–O pregúntele –insistió el señor Micawber– si quemó alguna. Si contesta afirmativamente, y quiere saber dónde están las cenizas, dígale que hable con Wilkins Micawber, ¡y oirá algo que no le beneficiará demasiado!

La expresión de triunfo con que el señor Micawber pronunció estas palabras inquietó sobremanera a la madre, que exclamó muy agitada:

–¡Ury, Ury! ¡Muéstrate humilde y llega a un acuerdo, querido!

–¡Madre! –repuso él–. ¿Quiere callarse? Está asustada y no sabe lo que dice. ¡Humilde! –repitió, mirándome con una especie de gruñido–. ¡A pesar de mi humildad, he humillado a algunos durante bastante tiempo!

El señor Micawber, metiendo con elegancia la barbilla en la corbata, continuó leyendo su carta.

–«En segundo lugar, HEEP, en algunas ocasiones, a mi leal saber y entender…»

–Eso no será suficiente –murmuró Uriah, aliviado–. Madre, no diga nada.


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