David Copperfield
David Copperfield –Pero yo te quiero, Ury –sollozó la señora Heep (no me cabe la menor duda de que era verdad y de que, por extraño que pueda parecer, también él la querÃa a ella: eran tal para cual)–. Y no puedo soportar que irrites a estos caballeros, y que te pongas más en peligro. Aseguré a ese caballero, cuando vino a decirme que se habÃa descubierto todo, que yo responderÃa de tu humildad y lograrÃa que reparases el daño que has causado. ¡Miren lo humilde que soy, señores, y olvÃdense de él!
–¡Vamos, madre! ¡Ahà tiene a Copperfield! –exclamó airado, señalándome con su dedo esquelético, pues concentraba toda su animosidad en mÃ, como si fuera el principal promotor del descubrimiento (no quise sacarle de su error)–. ¡Le habrÃa dado a usted cien libras por decir bastante menos de lo que ha dicho!
–No puedo remediarlo, Ury –sollozó su madre–. No soporto que corras peligro por querer llevar la cabeza tan alta. Es mejor que seas humilde, como lo fuiste siempre.
Uriah estuvo unos instantes mordiendo el pañuelo y luego me dijo, con el ceño fruncido:
–¿Tiene algo más que añadir? Si es asÃ, ¡adelante! ¿Por qué me mira de ese modo?
El señor Micawber se apresuró a reanudar la lectura de su carta, dichoso de representar un papel que tanto le satisfacÃa.