David Copperfield

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–«En tercer lugar, y por último, estoy en condiciones de demostrar, con los libros falsos de… HEEP y los memorandos auténticos de… HEEP, empezando por la libreta medio quemada (que no fui capaz de descifrar cuando, al tomar posesión de nuestra actual residencia, la señora Micawber la descubrió por casualidad en el cubo o cajón destinado a recibir las cenizas calcinadas de la chimenea de nuestro hogar), que las debilidades, los errores, las virtudes mismas, el amor paternal y el sentido del honor del infortunado señor W. se han visto manipulados durante años, a fin de servir a los viles propósitos de… HEEP. Que el señor W. ha sido saqueado y engañado de todas las maneras imaginables durante años, para el enriquecimiento pecuniario del avaro, pérfido y codicioso… HEEP. Que el objetivo principal de… HEEP, después de su afán de lucro, era someter por completo a su voluntad al señor y a la señorita W. (y no diré nada de sus intenciones en relación con esta última). Que su fechoría más reciente, hace escasos meses, fue inducir al señor W. a renunciar a su parte de la sociedad, e incluso a firmar un acta de venta del mobiliario de la casa, a cambio de cierta anualidad que… HEEP se comprometía a pagar el primer día de cada uno de los cuatro trimestres del año. Que esas maquinaciones, que empezaban por sus informes falsos y alarmantes sobre el estado financiero del señor W., en un período en que se había lanzado a especulaciones imprudentes y temerarias, y posiblemente no disponía de las sumas de las que era moral y legalmente responsable; que continuaban con supuestos préstamos de dinero, con unos intereses enormes, que en realidad procedían de… HEEP y eran realizados por… HEEP, que obtenía o retiraba esas cantidades de forma fraudulenta del propio señor W., con el pretexto de las mencionadas especulaciones; y que se perpetuaban en un variadísimo catálogo de subterfugios carentes de escrúpulos… que fueron creciendo hasta que el infortunado señor W. no vio la menor salida. Convencido de haber perdido su fortuna, sus esperanzas y su honor, no vio más salvación que confiar en aquel monstruo de rostro humano –el señor Micawber puso especial énfasis en aquella nueva expresión– que, haciéndose el indispensable, le había conducido a la ruina. Puedo demostrar todo esto. ¡Y probablemente muchas cosas más!»


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