David Copperfield

David Copperfield

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Contemplé la clase donde me condujo: jamás ningún lugar me había causado tanta impresión de abandono y desolación. Todavía lo veo. Una sala larga, con tres filas de pupitres y seis filas de bancos, rodeada de erizadas perchas para colgar sombreros y pizarras. Fragmentos de viejos cuadernos y de ejercicios se amontonan en el suelo sucio. Se ven algunas cajas de gusanos de seda, fabricadas de idénticos materiales, encima de las mesas. Dos pobres ratoncillos blancos, abandonados por su dueño, suben y bajan de un mohoso castillo de cartón y alambre, mientras sus diminutos ojos colorados buscan por todos los rincones algo que comer. Un pájaro, en el interior de una jaula apenas mayor que él, emite de vez en cuando un ruido de lo más lastimero, dando saltitos en su percha, dos pulgadas arriba, dos pulgadas abajo; pero ni trina ni gorjea. Huele de un modo extraño y malsano, como la pana enmohecida, las manzanas dulces sin ventilar y los libros apolillados. Y no se habrían visto más manchas de tinta si el edificio hubiera carecido de tejado desde su construcción, y la tinta hubiese caído en forma de lluvia, nieve, granizo o ventisca durante todas las estaciones del año.





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