David Copperfield
David Copperfield El señor Mell me habÃa dejado a solas mientras llevaba sus botas sin posibilidad de reparación al piso superior, asà que me dirigà silenciosamente al fondo de la clase, observando todos esos detalles a medida que avanzaba. De pronto, sobre uno de los pupitres, encontré un letrero de cartón en el que habÃan escrito con letra muy hermosa: «Cuidado con él. Muerde».
Me subà inmediatamente a la mesa, temiendo que apareciera un enorme perro bajo ella. Pero, a pesar de mirar asustado en todas direcciones, fui incapaz de descubrir su paradero. SeguÃa buscando su escondrijo cuando el señor Mell regresó; me preguntó qué hacÃa allà encaramado.
–Lo siento, señor –respondÖ; estoy buscando al perro.
–¿El perro? –exclamó–. ¿Qué perro?
–¿Acaso no es un perro, señor?
–¿Qué es lo que no es un perro?
–El animal con el que debemos tener cuidado, señor. El que muerde.
–No, Copperfield –dijo gravemente–, no es un perro. Se trata de un niño. Copperfield, tengo órdenes de colocar ese cartel en su espalda. Lamento mucho empezar asà con usted, pero no me queda otro remedio.