David Copperfield
David Copperfield Y, con estas palabras, me bajó de la mesa y me colgó el letrero, fabricado para la ocasión, como si fuera una mochila; y desde entonces tuve el consuelo de llevarlo conmigo dondequiera que fuese.
Nadie puede imaginar cuánto sufrí por culpa de aquel cartel. Siempre imaginaba que alguien lo estaba leyendo, aunque esto fuera imposible. No sentía el menor alivio cuando me daba la vuelta y comprobaba que no había nadie; pues siempre estaba convencido de que alguien me espiaba a mis espaldas. El hombre de la pata de palo, con su crueldad, agudizaba aún más mis sufrimientos. Gozaba de mucha autoridad, y, si me veía apoyado en un árbol, en un muro o en la fachada de la casa, gritaba con voz estentórea desde la puerta de su vivienda:
–¡Eh! ¡Señor Copperfield! Muestre el letrero o tendré que dar parte de ello.
El patio era una explanada de gravilla que comunicaba con la parte trasera del edificio y con las dependencias de los criados. Yo sabía que éstos veían mi cartel, al igual que el carnicero y el panadero; en pocas palabras, que todos los que entraban y salían de la casa, mientras yo estaba allí por la mañana, leían que debían tener cuidado conmigo, porque mordía.