David Copperfield
David Copperfield Había una vieja puerta en el patio, donde los alumnos tenían la costumbre de grabar sus nombres. Estaba completamente llena de esa clase de inscripciones. Me atemorizaba tanto el regreso de los muchachos tras las vacaciones que no podía leer un solo apellido sin imaginar en qué tono y con qué énfasis pronunciaría su dueño: «Cuidado con él. Muerde». Uno de los alumnos, un tal J. Steerforth, que había grabado su nombre muchas veces y con incisiones muy profundas, lo leería con voz sonora y luego me tiraría del pelo. Otro muchacho, Tommy Traddles, se reiría de mí y fingiría sentir verdadero miedo. Un tercero, George Demple, lo repetiría cantando. Y yo contemplaba aquella puerta, pobre criatura temblorosa, hasta imaginar que cuantos allí aparecían (había cuarenta y cinco alumnos, según el señor Mell) me evitaban como a un proscrito, gritando cada uno a su manera: «¡Cuidado con él! ¡Muerde!».