David Copperfield

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–En relación con nuestros preparativos domésticos, señora –dijo el señor Micawber con cierto orgullo–, para hacer frente al destino al que debemos consagrarnos, quisiera dar cuenta de sus progresos. Mi hija mayor acude todas las mañanas a un establecimiento de la vecindad para aprender el proceso, si puede llamarse así, de ordeñar vacas. He conminado a mis hijos menores a que observen, todo lo cerca que les permitan las circunstancias, las costumbres de los cerdos y de las aves de corral en los barrios más pobres de la ciudad; ocupación por la que les han traído a casa, en dos ocasiones, después de estar en un tris de ser atropellados. En cuanto a mí, la semana pasada he dedicado cierta atención al arte de la panadería. Y mi hijo Wilkins ha salido con un bastón a conducir el ganado, siempre que los rudos mercenarios que se ocupan de dicho menester se lo han permitido… lo que lamento decir, en honor de la naturaleza humana, no ha sido muy frecuente; ya que, por lo general, le advierten con insultos de que desista.

–Todo eso está muy bien –exclamó mi tía, en tono alentador–. Seguro que la señora Micawber también ha estado muy ocupada.




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