David Copperfield
David Copperfield –Debo hacer justicia al señor Micawber –empezó a decir Traddles– y señalar que, aunque no parece haber conseguido nada trabajando para sà mismo, es un hombre infatigable cuando trabaja para los demás. Jamás he conocido a nadie como él. Si siempre desarrolla esa actividad, debe de tener, virtualmente, casi doscientos años, en este momento. Es realmente extraordinario el entusiasmo que ha desplegado, el apasionamiento y la impetuosidad con que se ha sumergido, dÃa y noche, entre documentos y libros; además del gran número de cartas que ha escrito entre esta casa y la del señor Wickfield, y a menudo al otro lado de la mesa, sentado frente a mÃ, cuando le habrÃa sido mucho más fácil decirme las cosas verbalmente.
–¡Cartas! –exclamó mi tÃa–. ¡Estoy convencida de que sueña con cartas!
–Y el señor Dick –dijo Traddles– ¡también ha hecho maravillas! Tan pronto como fue relevado de su guardia de Uriah Heep, al que vigiló con un celo que jamás he visto superado, se dedicó en cuerpo y alma al señor Wickfield. Y lo cierto es que su deseo de ayudarnos en la investigación, asà como los servicios que nos ha prestado sacando, copiando, trayendo y llevando documentos han sido muy alentadores para nosotros.
–Dick es un hombre notable –exclamó mi tÃa–; lo he dicho siempre. ¡Trot, tú lo sabes bien!