David Copperfield
David Copperfield –Y acabó creyendo que era el único culpable –añadió mi tÃa–; y me escribió una carta desesperada, acusándose de malversaciones y de robos inauditos. Entonces fui a visitarlo una mañana temprano, le pedà una vela, quemé la carta y le dije que, si algún dÃa podÃa reparar el daño que me habÃa hecho (y no sólo a mà sino también a sà mismo), lo hiciera; y que, si no podÃa, guardase silencio por el bien de su hija… Si alguien me dice algo, ¡abandonaré la casa!
Todos nos quedamos callados; Agnes se cubrió el rostro con las manos.
–Bien, mi querido amigo –exclamó mi tÃa, al cabo de un rato–, ¿y ha conseguido con amenazas que le devuelva todo el dinero?
–Pues lo cierto es que el señor Micawber –respondió Traddles– lo ha acorralado de tal modo, y tenÃa tantos argumentos preparados por si alguno fallaba, que no pudo escaparse de nosotros. Una circunstancia verdaderamente notable es que no creo que se apoderara de esa suma para satisfacer su avaricia, que era desmedida, sino por el odio que le inspiraba Copperfield. Me lo dijo claramente. HabrÃa sido capaz de gastar otro tanto para perjudicar y hacer daño a Copperfield.
–¡Ah! –exclamó mi tÃa, frunciendo el ceño pensativa y mirando a Agnes–. ¿Y qué ha sido de él?