David Copperfield
David Copperfield –¡Es un monstruo de maldad! –exclamó mi tÃa.
–La verdad es que no lo sé –repuso Traddles, pensativo–. Muchas personas pueden ser realmente malvadas si se lo proponen.
–En cuanto al señor Micawber… –señaló mi tÃa.
–Pues bien –dijo Traddles, alegremente–, me veo en la obligación de elogiarlo una vez más. Sin su paciencia y su perseverancia jamás habrÃamos conseguido nada que valiese la pena. Y creo que debemos considerar que obró bien por amor a la justicia. ¡Piensen en las condiciones que podrÃa haber impuesto a Uriah Heep a cambio de su silencio!
–En efecto –dije.
–En su opinión, ¿qué deberÃamos darle? –inquirió mi tÃa.
–¡Oh! Antes de tratar esa cuestión –contestó Traddles, un poco desconcertado–, he de decir que hubo dos puntos que me pareció prudente omitir (porque no daba abasto) al preparar este acuerdo ilegal… pues es absolutamente ilegal, de principio a fin… de un asunto tan complejo. Hablo de esos pagarés, etcétera, que el señor Micawber entregó a Uriah por los adelantos que éste…
–¡Pues habrá que pagarlos! –exclamó mi tÃa.