David Copperfield
David Copperfield –Ahora nadie puede hacerle daño –dijo–. No era más que una vana amenaza.
Salimos de la ciudad para dirigirnos al cementerio de Hornsey.
–Estará mejor aquà que en la calle –afirmó mi tÃa–. Nació en este lugar.
Bajamos del carruaje y seguimos el sencillo féretro hasta un rincón que recuerdo muy bien, donde se leyó el oficio fúnebre que devolvÃa su cuerpo al polvo.
–Hoy hace treinta y seis años que me casé, querido –exclamó mi tÃa, mientras regresábamos andando al coche–. ¡Que Dios nos perdone!
Ocupamos nuestros asientos en silencio; y ella retuvo mi mano en la suya durante mucho tiempo. Finalmente, rompió a llorar y dijo:
–Era un hombre muy guapo cuando me casé con él, Trot… ¡Cuánto habÃa cambiado!
Pero su llanto no duró mucho. Las lágrimas aliviaron su dolor, y no tardó en recobrar la serenidad, e incluso la alegrÃa. Sus nervios estaban un poco alterados, señaló; de otro modo jamás se habrÃa dejado dominar por la pena. ¡Que Dios nos perdone!
Nos dirigimos, pues, de vuelta a su casita de Highgate, donde encontramos la siguiente misiva del señor Micawber, que habÃa llegado por correo aquella misma mañana.
Canterbury, viernes