David Copperfield

David Copperfield

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–Desde luego.

–A las nueve –señaló–. Entonces te lo contaré todo, querido.

Así, pues, a las nueve salimos en un pequeño carruaje hacia Londres. Recorrimos muchas calles antes de llegar a uno de los grandes hospitales. Muy cerca del edificio había un coche fúnebre, muy sencillo. El conductor reconoció a mi tía y, obedeciendo a un gesto que ella le hizo con la mano por la ventanilla, se puso lentamente en marcha; nosotros le seguimos.

–¿Lo comprendes ahora, Trot? –inquirió–. ¡Se ha ido para siempre!

–¿Ha muerto en el hospital?

–Sí.

Ella siguió inmóvil a mi lado; pero vi cómo las lágrimas corrían nuevamente por su rostro.

–No ha sido su primera estancia en él –añadió mi tía–. Llevaba mucho tiempo enfermo. Durante estos años no ha sido más que un hombre roto y destrozado. Cuando comprendió que se moría, pidió que me avisaran. Estaba arrepentido. Muy arrepentido.

–Y usted acudió, tía.

–Sí. Y después pasé mucho tiempo a su lado.

–¿Murió la víspera de nuestro viaje a Canterbury? –quise saber.

Mi tía asintió.


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