David Copperfield
David Copperfield Aquel gesto puso fin a las diligencias de la tarde. Estábamos transidos de dolor y de fatiga, y mi tÃa y yo debÃamos volver a Londres por la mañana. HabÃamos acordado encontrarnos con los Micawber después de que vendieran sus pertenencias a un chamarilero, que los asuntos del señor Wickfield serÃan solventados cuanto antes bajo la dirección de Traddles, y que Agnes vendrÃa también a Londres mientras se solucionaba todo. Pasamos la noche en la vieja casa, que, sin la presencia de los Heep, parecÃa curada de una larga enfermedad; y yo me acosté en mi antiguo dormitorio, como un náufrago que regresara a su hogar.
Al dÃa siguiente volvimos a casa de mi tÃa, no a la mÃa; y cuando nos quedamos a solas antes de acostarnos, como en los viejos tiempos, me dijo:
–Trot, ¿de veras te gustarÃa saber lo que me ha atormentado estos últimos dÃas?
–Por supuesto que sÃ, tÃa. Si ha habido algún momento en que yo haya deseado compartir sus penas e inquietudes, es ahora.
–Ya has sufrido bastante, muchacho –exclamó mi tÃa con dulzura–, sin que yo aumente tu aflicción con mis pequeños infortunios. Si te lo he ocultado, Trot, ha sido por ese motivo.
–Ya lo sé –dije–. Pero cuéntemelo ahora.
–¿Te gustarÃa acompañarme cerca de aquà mañana a primera hora? –me preguntó.