David Copperfield
David Copperfield –Lo mejor que puede hacer ahora, señor –dijo mi tÃa, después de observarle en silencio–, si me permite aconsejarle, es renunciar para siempre a esta ocupación.
–Señora –replicó el señor Micawber–, tengo la intención de registrar ese deseo en la página virgen del porvenir. La señora Micawber nos servirá de testigo. ¡ConfÃo en que mi hijo Wilkins –exclamó solemnemente— no olvide nunca que es infinitamente mejor para él meter el puño en el fuego que emplearlo para manejar las serpientes que han envenenado la sangre de su infortunado padre!
Profundamente emocionado, y convertido en un instante en la viva imagen de la desesperación, el señor Micawber dirigió a las serpientes una mirada de triste horror (de la que no se habÃa borrado por completo su vieja admiración); luego las dobló y las metió en su bolsillo.